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Al principio fueron los juegos de construcción. Pasaba las horas sobre la alfombra de mi habitación, ensamblando formas y colores, creando escenarios, inventando historias.

Después llegó la palabra, constreñida aún por los bocadillos de un cómic. Dibujar fue un entretenimiento fugaz, en el que demostré una habilidad limitada. Sin embargo, me sirvió para ensayar los textos que llegarían más tarde.

Poco importa el envoltorio. Todo ayuda en el camino. Los mecanos, las viñetas y los cuentos tienen la misma esencia: son rompecabezas a los que sólo arrancas una imagen si unes las piezas con coherencia.

Siempre he tenido la irrealidad inyectada en las venas. Y eso resulta difícil de mantener en una sociedad práctica como la nuestra, en la que se tiende a censurar lo fantástico, lo intuitivo y lo sentimental.

Escribir es una oportunidad para trascender lo cotidiano, vivir otras vidas y forjar nuevos mundos. Pero sobre todo es una manera de autoafirmarse y liberar el lastre de los propios demonios.

Sospecho que cuando uno se entrega a las letras es porque no está cuerdo del todo. Pero qué más da. Que sople un vendaval y barra la parte árida de lo racional. La que nos impide alcanzar la felicidad.

Nuestro entorno cambia sin parar. Nada parece ser completamente real. Tal vez haríamos mejor si entendiéramos la existencia como un juego.

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Preferencias sociales: Infancia

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    Biografía

    Al principio fueron los juegos de construcción. Pasaba las horas sobre la alfombra de mi habitación, ensamblando formas y colores, creando escenarios, inventando historias. Después llegó la palabra, constreñida aún por los bocadillos de un cómic. Dibujar fue un entretenimiento fugaz, en el que demostré una habilidad limitada. Sin embargo, me sirvió para ensayar los textos que llegarían más tarde. Poco importa el envoltorio. Todo ayuda en el camino. Los mecanos, las viñetas y los cuentos tienen la misma esencia: son rompecabezas a los que sólo arrancas una imagen si unes las piezas con coherencia. Siempre he tenido la irrealidad inyectada en las venas. Y eso resulta difícil de mantener en una sociedad práctica como la nuestra, en la que se tiende a censurar lo fantástico, lo intuitivo y lo sentimental. Escribir es una oportunidad para trascender lo cotidiano, vivir otras vidas y forjar nuevos mundos. Pero sobre todo es una manera de autoafirmarse y liberar el lastre de los propios demonios. Sospecho que cuando uno se entrega a las letras es porque no está cuerdo del todo. Pero qué más da. Que sople un vendaval y barra la parte árida de lo racional. La que nos impide alcanzar la felicidad. Nuestro entorno cambia sin parar. Nada parece ser completamente real. Tal vez haríamos mejor si entendiéramos la existencia como un juego.
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